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Savannah A. Andrews W.

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Savannah A. Andrews W.

Mensaje  Savannah Andrews el Miér Jul 28, 2010 1:57 am



Nombre y apellido: Savannah Amélie Andrews Winslow.
Rango: Brooklyn Girl.
Edad: 16 años.
Estatus social: Clase Media.
Nacionalidad: Estadounidense.



¿Cómo describir a Savannah? La verdad, no es una tarea imposible, simplemente se hace complicada, porque no es del tipo de chicas que pueda definirse como “increíblemente hermosa”, “centro del universo de la belleza” o cualquier tontería de ésas. Está bien, puede ser algo guapa y hasta linda; pero tampoco posee atributos que la hagan resaltar por encima del resto. Ajá, su sonrisa es tierna y bastante bonita, pero se debe (más que todo) a la “buena vibra” que la acompaña siempre. Su cabello… bueno, su cabello es lo que más le gusta de sí misma; por eso siempre se empeña en mantenerlo arreglado, lo peina cada mañana con inusitado esmero y si es cuestión de hacerse un moño nunca, pero nunca, se permite una coleta o algo así. Lo suyo son los típicos “palitos chinos” porque no le hacen tanto daño al cabello. O eso es lo que siempre le ha dicho su madre (de quien aprendió el “arte” de mantener una cabellera “saludable”). Ah… ¿y sus ojos? Pues, a mucha gente le parecen hermosos. A ella le gustan, pero no es algo que le quite el sueño. Savannah no es de ésas que se maquillan en exceso o resaltan algún rasgo en particular. De hecho, si hay que asignarle un adjetivo, posiblemente sea: sencilla.

Y lo cierto es que no es sencilla por gusto, sino por costumbre. Desde pequeña le cuesta madrugar y cuando se vive en una zona que queda irremediablemente alejada del colegio, pues… o madrugas, o llegas tarde o, simplemente, no te arreglas mucho. Y Savannah se acostumbró a ser parte del último grupo. Algunas veces se permitía llegar tarde, pero sólo en las fechas especiales: su cumpleaños y alguna que otra situación que ameritara algo de “buena presencia”. Por lo general, Savannah no lleva maquillaje, tal vez algo de brillo labial y un poco de sombra. Pero, ni rubor, ni rímel ni nada de eso. ¡Y mucho menos zapatos de tacón! Ella es, más bien, como una patrocinante eterna de “Converse”. Siempre, siempre, siempre, se la ve con ellos. Los ama, son algo así como su adoración. Y nunca los lleva sin un jean y una buena camiseta.

Glosario Buena camiseta = alguna camiseta sencilla, de algodón; a veces con leyenda, a veces con algún dibujo. O, simplemente, unicolor.

Y si se quiere un poco más de información, se puede decir que no es muy amiga de los vestidos, pero que tiene un par (tal vez tres) guardados en las profundidades de su armario. Sólo por si surge una “emergencia” y es necesario llevarlos. También tiene algún par de sandalias de tacón pero a la fecha, siguen sin estrenar.

En resumen: Savannah no es otra cosa que una chica de dieciséis años, que no mueve el mundo, sólo para verse bien, pero tampoco llega al extremo de parecer una indigente o algo por el estilo. Es simple: hay cosas más importantes que salir de casa lista para concursar en el Miss USA. Pero la idea tampoco es salir de casa lista para ir vivir en las calles.



Divertida. Está bien para comenzar, porque Savannah simplemente lo es. Ríe la mayor parte del tiempo y la otra, la dedica a hacer reír a los demás. No es de complicarse por muchas cosas, sólo lo hace por una: la Universidad. Porque quiere estudiar Periodismo y quiere ir a Yale; aunque sabe que no podrá hacerlo porque sus padres no pueden darse el lujo de enviarla a ese lugar. Sin embargo, no pierde las esperanzas de obtener una plaza en la universidad de “los Bulldogs”. Porque eso sí que tiene Savannah: es terca como ella sola; es de ésas que se levantan por las mañanas, aunque quieran seguir durmiendo, y lo hacen sólo por ir a clases, obtener buenas notas y luego ir al trabajo. Un trabajo de medio tiempo, en el café-librería de Violet Castenmiller, la madre de su mejor amigo. ¿Para qué? Pues, para poder ir a Yale y ayudar a sus padres con todos los gastos. Al parecer no desistirá de la idea, hasta que le nieguen el acceso a la Universidad. O vea que es imposible pagarla, porque los Andrews no son sólo Sav.

Punto importante: Adora ver series de televisión. Le gusta el cine. Le encanta la música. Disfruta leer un buen libro y se esmera (en exceso, tal vez) con sus deberes. Ama a su familia y sus hermanos menores pueden ser todo para ella. Pero, lo único que “mueve su mundo” es esa amistad con Callum Castenmiller. La única persona que le dice Sav, porque ella se encarga de dejar bien claro que ama su nombre y que, por alguna razón, sus padres se lo dieron. Así, con sus ocho letras. Pero, siendo sinceros, Savannah adora el sobrenombre. Así como también adora, cualquier otro apodo que su amigo se digne a darle, todos… excepto el famoso “Vannah” que se ha dejado escuchar en medio de los pasillos de la escuela y que logran hacerla sonrojar de puro y mero enojo.

Pero el enojo no dura mucho, porque Savannah no es buena para molestarse. La mayoría de las veces es una muchacha bastante “light”, que no arma berrinches por muchas cosas. Que recorre el Central Park en bicicleta y ama caminar bajo la lluvia. Algunas veces parece ser como la protagonista de cualquier película de comedia/comedia-romántica, pero quitándole lo cursi, porque ella y las cursilerías no se llevan bien. Ha tenido algún novio, sí, pero es que se aburre muy pronto de esas relaciones. Savannah es lo que muchos podrían definir como un “alma libre” que no sirve para estar atada a una relación en la que la monotonía puede hacer de las suyas en cualquier momento.

Ni hablar del matrimonio. A los dieciséis años no se debería pensar en eso, pero Sav lo ha hecho y ha llegado a una conclusión: no va a casarse hasta ser una periodista reconocida y pueda 1) Tener una columna en el New York Times. 2) Tener alguna sección en el noticiero. Eso de depender de un hombre, sólo porque un papel dice que son esposos, no le gusta. Además, está el recurrente asunto de la monotonía. Y ella sabe que si se casa, puede terminar divorciada. Sobra decirlo pero eso está prohibido.

Y ya que se ha hablado de dependencia, es bueno mencionar que Savannah es de las personas menos dependientes que existe. No le gusta que su madre le lave la ropa. Odia que le hagan la cama. Detesta que ordenen su habitación, saquen la ropa sucia, se deshagan de su basura, le compren ropa, la lleven a algún sitio, intenten “hacerle” la tarea (con el pretexto de ayudar), incluso aborrece las calculadoras. No, no, ella es de hacer sus propias cosas; entender sus problemas de matemáticas, poner en orden la mesa de noche, los libros y los lápices; tender la cama cada día para poder llegar del colegio y tumbarse en ella antes de decidir que es mejor levantarse para ir a trabajar. Incluso disfruta cocinar, cuando sus padres no le han dejado cena porque quisieron ir al cine y han dejado a los niños al cuidado de algún vecino. Claro, algunas veces opta por pedir pizza, pero cuando se aburre de ellas, es capaz de preparar su propia cena sin quemar la cocina. En infinidad de ocasiones, ha dicho que no tendría problemas en vivir sola porque, a final de cuentas, disfruta la soledad.





Aaron Andrews
[Padre]


Aaron, el eterno soñador. Es un hombre de treinta y siete años. Contador Público. El jefe de la familia. El hombre al que hay que respetar, pero con el que se puede reír y hasta llorar. Aaron es el perfecto paño de lágrimas, es el que da apoyo y regala palabras de aliento. Un hombre con eterna alma bohemia, que ve lo bueno de la vida y, realmente, no le permite a los obstáculos que se atraviesen en su camino. Es un padre ejemplar, que ha dado todo lo que tiene por el bienestar de los suyos; sin esperar (ni pedir) algo a cambio.

Es divertido. Del tipo de padres que te acompañan al cine e incluso te llevan al parque de diversiones o al circo y te abrazan cuando dices que tienes miedo a los payasos. Su esposa suele bromear y decir que no sólo tiene que criar a tres chicos (Savannah, Anthony y Clarisse) sino que también debe educar al niño grande de los Andrews: Aaron. No hay mucho que decir, su hija mayor lo adora y, aunque no le gusta elegir entre sus padres; muchas veces se ha descubierto pensando que Aaron es su favorito.

Sobre su vida antes de conocer a Sarah, tampoco hay mucho que acotar. Sus padres eran "hippies" y él les debe todo lo que es y lo que sabe. Muchas veces lo ha dicho: quisiera ser, alguna vez, la mitad de buen padre que el suyo y la mitad de amoroso con sus hijos, como su madre lo fue con él y sus hermanos. Porque sí, Aaron es el tercero de cinco hijos y de sus hermanos aprendió a compartir y respetar cada opinión, por muy descabellada que sea.

Lleva la contabilidad de un bufete de abogados y, aunque luego de la recesión económica, las cosas se tornaron algo complicadas, nunca ha permitido que algo haga daño a su familia. Sí, puede que tenga alma de niño, pero es un hombre dispuesto a dar la vida por los suyos si es necesario. Su filosofía de vida (para con su familia) es simple: "Al entrar a casa, no olvides dejar los problemas junto a la puerta".


Sarah Winslow
[Madre]

Treinta y seis años, tiene encima esta mujer. Y sonríe como cuando tenía quince. Artista por vocación, enfermera por obligación; Sarah es lo más parecido a una reina que Savannah ha conocido alguna vez. Es la mujer a la que más admira en todo el planeta y no le importa nada que no tenga mucho dinero, ni joyas costosas, ni autos lujosos, ni vestidos impactantes. Sarah Winslow es la que reina en el corazón de sus hijos y su esposo. Mantiene el equilibrio en la familia, siempre tiene tiempo para sus chicos y prepara una comida exquisita (si es que este tipo de cosas no deben faltar).

Nació en Massachussetts y a la edad de once años supo que quería pintar. Ser famosa, vender cuadros, tal vez, tener una galería propia. Ser toda una artista de las acuarelas y los lienzos. Pero sus padres pensaban diferente: ellos querían que estudiara Medicina, pues era hija única y el apellido Winslow debía estar bien representado en una cirujana respetable, que apareciera en el periódico, que concediera entrevistas a revistas médicas y todo ese papeleo que los "salvadores de vidas" deben hacer.

Pero conoció a Aaron Andrews y desde ese momento su vida cambió. Se enamoró como colegiala (y la diferencia no era muy grande, apenas había salido de la escuela y entrado a la facultad de Medicina). Y quedó embarazada a los veinte años; un suceso inesperado, algo que no estaba en los planes. Algo que terminó de darle sentido a su mundo, porque convertirse en madre de Savannah Amélie, sólo pudo significar una cosa: volver a nacer, comenzar desde cero y hacer las cosas bien.

Decir que es la típica madre, realmente es mentir porque, con honestidad ¿quién sabe cómo es la típica madre? Sarah es exigente, ordenada, responsable..., pero también es amorosa y respetuosa, sincera, franca. Cualidades que sus hijos no han heredado sino aprendido. Y nunca va a negarlo: se siente orgullosa de ello.

Estudió enfermería y fue, más que todo, por aprender a cuidar de Anthony. Su niño mimado y no por ser "especial" sino por ser el único chico en medio de sus dos pequeñas. Pequeñas a las que ama y amará toda la vida, aunque se empeñe en ser un poco diferente con Savannah, porque aún no puede sentirse del todo bien al mirarla a los ojos y saber que, en su momento, pensó en no tenerla.

De cualquier manera, Sarah Winslow es una madre genial (palabras de Savannah). Y nada podrá hacer que el papel de reina de los Andrews, deje de ser suyo.


Anthony Andrews-Winslow
[Hermano Menor]

Anthony, el niño tierno, de ocho años. El de mirada perdida, palabras ausentes, gestos indescriptibles y sueños que deberían poder cumplirse. Nació en el mes de mayo, cuando Savannah aún contaba con ocho años. Decir que se convirtió en el consentido, es plasmar la verdad de una manera justa; porque Aaron y Sarah nunca demostraron tener preferencia por alguno de los dos; pero Savannah... Savannah era otra historia, porque ella lo amaba, lo adoraba, le encantaba verlo dormir, tomar sus manitas y besarlas. Incluso le gustaba besar su frente y aspirar el aroma a ternura que su hermanito tenía.

Y ni hablar de Aaron, ese padre orgulloso, que no podía esperar a que el niño diera sus primeros pasos, para enseñarle cualquier deporte. Desde béisbol hasta fútbol, pasando por baloncesto si era necesario, e incluso tenis si era lo que el niño quería. Era su chico, su niño esperado. El que debía proteger a su hermana, aunque fuera ocho años menor que ella. El que debía obtener buenas calificaciones y hacer sonreír a su mamá. Fue el niño sobre el que se vaciaron todos los sueños. Sueños que no se podían cumplir, porque apenas unos años después de su nacimiento; un médico determinó que el chico sufría un tipo de trastorno del desarrollo. Anthony era autista. Y por supuesto que eso significó un cambio importante en la familia, que veía con desesperación, cómo el pequeño niño no podía integrarse con el resto del mundo.

Pero su hermana..., Savannah, pues... para ella siempre fue su hermanito. Aunque sintiera tristeza por no poder jugar con él, ni ir al Central Park a su lado. En algún rincón de su corazón, su hermana mayor alberga esperanzas y hace una única petición: que el niño pueda decir su nombre, riendo, y corriendo a su lado para saltar a sus brazos.

Clarisse Andrews-Winslow
[Hermana Menor]

El ángel de la familia. Clarisse Alexandra es la última hija de Aaron y Sarah Andrews-Winslow. La dulzura andante, que va de un lado a otro con su oso de peluche y no lo duda dos veces antes de saltar a los brazos de sus padres o hermana mayor y llenarlos de besos. Era ésa "pieza" que hacía falta, para que la "máquina Andrews" pudiera andar de nuevo. Ese rayo de esperanza que tanto habían necesitado; la niña mimada y consentida. La sonriente e inteligente. La que ha demostrado que le gusta cantar y se la pasa tarareando en cada rincón de la casa.

Es la que habla con Andrew, como si el chico pudiera entenderla; y lo abraza y lo besa, como al resto de la familia. Porque entiende que es su hermano y no necesita nada más, para quererlo. Es simple: Clarisse no ve nada raro en él, sólo, tal vez, que casi nunca sonríe. Pero eso no le molesta, porque si algo tiene la niña, es una paciencia impresionante. Y no le importa pasar todo el día hablándole a su hermano; si, al final de la jornada, el chico sonríe, ella se siente completamente satisfecha.

Es la muñequita de los Andrews y Savannah la cuida como si pudiera romperse en cualquier momento. De una manera que ella no puede explicar, Clarisse ha despertado en su hermana, un instinto protector (y hasta maternal) que no sabía que tenía. Porque con Anthony nunca pudo desarrollarlo; para eso ya habían estado sus padres y todo el montón de médicos y enfermeras que lo cuidaban. Pero con Clarisse, con ella todo es diferente; porque Savannah le permite la entrada a su habitación, cuando la niña llora porque tiene miedo y no puede dormir; y la cubre en un abrazo que le hace sentir seguridad.

Nunca mejor dicho: Clarisse Alexandra es el pequeño ángel de los Andrews y Savannah sólo quiere, que algún día pueda desplegar sus alas y volar en libertad.




La ciudad de Nueva York ha sido testigo de innumerables historias de amor. En películas, libros, series de televisión y la vida real. Algún rincón de Manhattan ha visto cómo nace un romance, o cómo una chica sonríe al ser cortejada por su príncipe azul. El Central Park ha sido partícipe del encuentro de miles y miles de almas que, sencillamente, estaban destinadas a encontrarse. Y si Savanahh escucha estas palabras, es probable que sonría, porque aún no sabe si creer o no en el destino. Pero no puede dejar de aceptar que sí, sus padres nacieron para estar juntos. Y que, de no ser por ese café derramado, tal vez ella no podría caminar cada día por las amadas calles de la capital del mundo. Es probable que no lo diga en voz alta, pero en algún susurro se cuela algo muy parecido a: “Sí, sus vidas ya estaban escritas y todo fue obra del destino”.

¿Qué cómo sucedió todo? Muy bien, eso es fácil de contar:

Sarah Winslow era una joven de dieciocho años, nacida en Massachussets. Estaba en Nueva York por vacaciones. Había terminado la escuela y obtenido una plaza en una universidad importante. ¿Qué iba a estudiar? Medicina. ¿Por qué? Porque sus padres así lo querían. ¿Su verdadera pasión? La pintura. Pero eso no pareció ser, nunca, algo importante para los Winslow; porque Sarah era hija única y sus padres necesitaban que dejara el apellido en un sitial de honor. Eso sí, aunque parezca increíble, los Winslow no eran del tipo de padres estrictos y “amargados”, Sarah siempre pudo hacer lo que quiso. La única excepción a tantas libertades, era la carrera universitaria a la que podía optar. De modo que la chica no fue, lo que se dice, una persona frustrada, porque incluso se le permitía pintar, pero como una especie de hobbie, o actividad secundaria. Claro, puede que parezca irrelevante, pero créanme: deben saber la importancia que tenían Sarah y su carrera, en la familia Winslow.

Aaron, por su parte, estaba a punto de cumplir los veinte años y no tenía muy claro qué quería hacer con su vida. De pronto le daba por querer estudiar Ingeniería, pero al día siguiente quería cursar Letras o Filosofía. Era un muchacho sin preocupaciones, pues sus padres eran lo que muchos definirían como “hippies”; en el fondo, él también lo era. Pero no llevaba las cosas a un punto extremo. Los Andrews no eran nada reconocidos, siempre fueron una familia “normal”, es decir, sin mucho ni poco, sin lujos, pero con algún capricho que podía ser cumplido. Siempre y cuando no atentara contra la naturaleza, ni implicara dañar a otros. Aaron fue del tipo bohemio, que seguía sus instintos y nunca quiso verse atrapado en una oficina, ni atado a un traje con corbata. El tercero de cinco hermanos, que siempre tenía un comentario divertido o alguna frase ingeniosa para librarse de responsabilidades.

Aquel día, en mitad del año 92, una taza de café fue la responsable del encuentro.

Sarah entraba al café. Aaron salía de él. Eran las diez de la mañana, Andrews pensaba en alguna nueva carrera y, claro, en algún deporte de esos que siempre le gustaron tanto. Winslow…, pues, Winslow era sólo una curiosa, que quería visitar cada local en Nueva York, antes de encadenarse a los libros y convertirse en una pediatra o cardióloga o cirujana (lo que fuera, le tenía sin cuidado), importante. ¿Y qué pasó? La vida, pasó. Fue un momento rápido, tardó menos que un suspiro. La puerta que chocaba con la nariz de Aaron, el grito dramático de Sarah, un abrigo estropeado… y una sonora carcajada. Porque, es que, así era Andrews. No se guardaba las risas, ni siquiera en un momento como aquel.

Y si, en este punto, esperabas la narración del momento épico-cursi de toda película romántica; puedes dejar de leer e ir a ver la historia de Rose y Jack. No, no, nada de eso sucedió. No hubo mirada perdida, pensamiento de amor, no hubo sonrisas tontas ni música de fondo. Nada de eso. Lo que hubo fue un grito, una bofetada y una discusión. Porque Sarah no aceptaba que existieran personas tan descuidadas como aquel muchacho y Aaron no entendía por qué la joven se amargaba tanto. ¿El mundo se había caído? ¿Nueva York había desaparecido? ¿La chica había muerto? ¡No! Entonces no había necesidad de tanto escándalo. Por eso se encogió de hombros, le dedicó una sonrisa cínica y salió del café, dejando a una Sarah atónita y cada vez más molesta, a punto de dar comienzo a una guerra mundial.

¿Exageración? No, la verdad, no.

Sarah siempre fue así, explosiva, impertinente, de carácter fuerte, de “armas tomar”. Y, tiempo después, le atribuyó todo eso a una cosa: el empeño de sus padres de hacerla estudiar Medicina. Porque nunca dijo nada, simplemente se resignó, pero claro que necesitaba gritarle al mundo que ella no era de ésas “manejables”; que tenía opinión propia. Que no le causaba problemas pensar. Que no era una rubia tonta y que si tenía algo que decir, era mejor que la escucharan. Por eso salió del café, por eso corrió detrás del maleducado, por eso se atravesó en su camino y le comenzó a reclamar. Primero, en un tono de voz razonable. Después, con gritos impresionantes.

¿Y qué pudo hacer Aaron para callarla y que la gente dejara de verlos? Simple: la besó.

Y se ganó otra bofetada.
Y eso no le importó.
Y dejó a la chica sorprendida, en medio de la acera.
Y siguió su camino.
Y no volvió a verla, hasta unos cuantos meses después.

Cuando volvió a tropezar con Sarah Winslow, Aaron ya estudiaba contaduría pública, en una universidad… también pública. Se había metido de lleno en los libros y había encontrado, en los números, unos amigos inseparables. Claro, no era un ratón de biblioteca; sino más bien el que llevaba el orden en las fiestas o salidas a cualquier bar. De sus amigos, más reales, era él el encargado de administrar el dinero de la salida y pedir los servicios de bebidas que más se ajustaran al presupuesto del grupo. Nada complicado, porque Aaron resultó ser bastante bueno en matemáticas. Y también resultó tener una memoria privilegiada. Por eso fue capaz de reconocer a la rubia del café, a la entrada de uno de los bares que frecuentaba con sus amigos. Por eso dejó la mesa y se acercó a la chica, que se mostraba más segura que la primera vez que se topó con ella. Ésa fue la Sarah que logró cautivarlo. La cursilería empieza desde esa segunda vista.

¿Que si bailaron? Toda la noche.
¿Intercambiaron información personal? Sólo la necesaria.
¿Hablaron sobre el café, la bofetada y el beso? Sólo un poco.
¿Se repitió el fulano beso? Pues, unas dos, tres y hasta cuatro veces.
¿Por qué? Porque era evidente, a Sarah le gustaba Aaron. Y le gustaba más de lo recomendado.

Así que empezaron a salir, Winslow había comenzado las clases; se había mudado a Nueva York. Aaron la invitaba al cine, a tomar un café, a bailar, a comer. Ella sonreía, él se permitió quererla. Primero fueron amigos, luego… luego vino el amor. ¿Y luego del amor?

Fue el turno de Savannah.

Sarah tenía veinte años. Aaron apenas había cumplido veintiuno. Era obvio que ninguno quería ser padre. Además, la chica debía terminar la carrera. Y él, él era un alma libre. Que el amor lo uniera a una persona estaba bien. Que ese amor lo encadenara a una familia: eso no había estado en los planes. Era evidente, lo era, por el amor al cielo: la niña no era necesaria. Ellos habían estado bien, sin ella. Su futuro estaba pensado. Es más, tampoco podía decirse que Aaron y Sarah formaban la pareja perfecta, que el amor les brotaba por los poros. Ellos… eran novios. Nada más. Y… de pronto ¿debían ser padres? Aquello no podía estar permitido.

¿Que pensaron en “deshacerse” de la niña? Un par de veces.
¿Que pudieron expresar esos pensamientos en voz alta? Nunca.
¿Que no querían tenerla? La pregunta siempre estuvo de más.
¿Que decidieron darla en adopción? Definitivamente sí.
¿Que pudieron hacerlo? Afortunadamente no.

Cuando septiembre llegó al día veintiocho, Sarah Winslow, la joven veinteañera, que había dejado la universidad y tuvo que ir a vivir junto al bohemio en un apartamento modesto que sus padres (los de Aaron) habían podido conseguir y que ya no quiso pintar más; anunció a su… él, que era hora, que la niña iba a nacer.

El resto fue bastante complicado, y la verdad es que no hace falta contar todo el asunto. ¿A quién le importa saber de los gritos de una joven asustada y los reclamos (a los doctores) de un muchacho enamorado? ¿No es más fácil saltarnos eso y llegar al punto importante: la primera vez que vieron a su hija? Eso sí fue amor a primera vista. Porque la pequeña estaba llena de vida, tenía ojos hermosos y (aunque pareciera imposible), ambos aseguraron que les había sonreído. Entonces era una niña alegre, o eso debía ser. Debía llenar de sonrisas todo el apartamento, que de pronto tenía aires de hogar. Debía llamarse Savannah, porque era lo más cercano a una sonrisa. Porque eso significaba. Y porque decir el nombre los llenaba de paz.

¿La adopción? Pasó al olvido.
¿El amor? Eso sí llenó sus corazones.
¿El matrimonio? Vino poco después.

Y Aaron siguió con sus clases, porque de pronto sí tenía un objetivo claro. Porque ya sabía que debía ser alguien importante. Para que su hija se sintiera orgullosa de él. Para que su Sarah se sintiera orgullosa de él. Para que ambas sonrieran. Y para hacerle saber a Savannah que todo lo hacía por ella, y que no le molestaba en absoluto. Porque sentía que no era suficiente, porque ni él mismo se perdonaba el haber pensado en deshacerse de aquel rayo de luz. Se sentía igual que Sarah, porque ella tampoco entendía, cómo había pensado en no querer a aquella pequeña. Así que se dedicó única y exclusivamente a entregarle todo el amor que pudiera. No volvió a la Universidad, no volvió a hablar con sus padres, dejó de salir e ir a fiestas; se centró en su pequeño universo. En su niña mimada. En su Savannah. Y no le importó, porque lo único que valía la pena, era que su hija se sintiera amada. Que estuviera bien y que sonriera siempre. Porque su sonrisa… su sonrisa era indescriptible.

Entonces corrieron ocho años. Volaron, como llevados por el viento. Hicieron de Savannah una niña inteligente y divertida. La convirtieron en la mejor amiga de Aaron, en la admiradora de Sarah. Lograron que los Andrews-Winslow se mudaran a un mejor apartamento, nada lujoso pero bastante acogedor. Con paredes repletas de los dibujos de la niña. Con fotografías familiares y de soundtrack, nada más que risas. Convirtieron a Aaron, Sarah y Savannah en una verdadera familia, que ya estaba preparada para darle la bienvenida a un nuevo integrante. Sarah Winslow (de Andrews) estaba embarazada por segunda vez. Y Savannah aún tenía ocho años, cuando Anthony llegó a la casa.

¿Qué puede decirse del niño? Era hermoso. Con mirada tierna, cabello claro, mejillas sonrosadas, un corazón que latía desesperado. Estaba lleno de esperanzas, de vida. Era un Andrews en toda regla. Era el chico con el que se jugaría al béisbol o al que se enseñaría fútbol. Era Anthony, el consentido, incluso por su hermana mayor; porque Savannah no era de esas niñas celosas. Nunca lo fue. Es más, si había algo que la caracterizaba, era ese extraño anhelo de tener una familia grande. Muchos hermanos, que fueran amigos. Muchas salidas al parque. Muchas fiestas de cumpleaños. Mucha diversión. Siempre, siempre, tuvo lugar en su corazón para un familiar más. Pero ¿qué había del niño? ¿Alguna vez les demostró cariño? ¿Se sintió interesado en el montón de actividades que Savannah planteaba? ¿Quería jugar con ella? ¿Pudo llamarla por su nombre? Ni una vez. Anthony sufría un trastorno de desarrollo. El pequeño niño era autista.

Y, aunque Savannah no entendiera muy bien de qué se trataba, sí pudo darse cuenta de una cosa: en la casa, todo había cambiado. Ya no había mucho tiempo para una salida al parque. De pronto visitaban infinidad de hospitales. Muchas veces, Sarah había llorado y de repente, Aaron, trabaja mucho más. Ninguno se olvidó de la niña; pero ella comenzó a aislarse un poco de ellos. A los once años ya se escapaba al Central Park, cuando cumplió los doce, entró a la secundaria… y ése fue su escape. De pronto se aferró a las tareas, se esmeró en cada clase, hizo algunos amigos y comenzó a pasar las tardes con ellos; salía al parque con ellos, incluso se dedicaban a hacer trabajos juntos. Fue una buena época. Y estuvo “premiada” con la llegada de Clarisse. La última hija del matrimonio Andrews-Winslow. La que devolvió la alegría al hogar. Una niña tierna, que sólo tenía tiempo para sus muñecas, pero que siempre ha amado darles abrazos a sus padres. A la que le costó dormir muy bien por las noches. La niña que Savannah llevaba a su habitación, para que pudiera conciliar el sueño. Clarisse era el complemento que le hacía falta a aquella familia. Por ella, pudieron reunirse, de nuevo, en la mesa. Reír. Por ella se permitieron un nuevo comienzo, junto a un niño que no merecía ser tratado de manera diferente; que necesitaba cuidados, sí, pero no ser alejado de sus hermanas. Gracias a Clarisse, pudieron volver a ser esa familia normal.

Pero, tal vez, ya era tarde para Savannah. Porque ya estaba acostumbrada a esa soledad que tanto tiempo le había hecho compañía. Era una chica bastante independiente. Que se alejaba de casa cuando todo parecía volverse difícil, que le daba el mismo amor a Clarisse y a Anthony, que admiraba y respetaba a sus padres pero que, simplemente, no se sentía tan unida a ellos. Porque se le daba bien estar sola, o salir con amigos. Porque descubrió su vocación en medio de una salida al Central Park, y estaba sola. Porque decidió que iría a Yale. Que estudiaría periodismo. Que sería una persona reconocida. Que podría ayudar a su familia. Y que también haría su vida, en un apartamento distinto. Porque, de pronto se había cansado de ver sus propios dibujos en las paredes; o ver el mismo color en el techo. Estaba cansada de los mismos muebles. Y tal vez por eso, hizo de su habitación algo especial. La convirtió en un espacio sagrado. Al punto de no permitirle la entrada a cualquiera. Porque no todo el mundo merecía entrar en ella y ver sus paredes pintadas cada cierto tiempo, de un nuevo color. O las estrellas en el techo. O la cartelera con fotos suyas y de amigos junto a la puerta. O las cortinas blancas con motas de colores.

De un momento a otro, comenzó a pensar en lo parecida que era con Anthony.
Pues ambos vivían en un mundo particular.
Un mundo que ella mantenía sin mucho esfuerzo, porque siempre era más sencillo pensar en cualquier otra cosa (como la ropa que hay que arreglar, el botón por coser, la pintura que comprar, los libros que ordenar) que amargarse la vida por asuntos que no se pueden cambiar (el trastorno de un hermano, un colegio privado al que no se puede ir, la universidad que cada vez parece costar tanto. Es simple: Savannah está llena de sonrisas. Su nombre lo grita. Sus actos lo demuestran. Entonces, ¿por qué llevarle la contraria al mundo? Si ella nació para reír…, es sencillamente lo que hará. Porque de una u otra forma, es una chica de Nueva York y, como diría Alicia Keys “es una jungla de concreto… donde los sueños se hacen realidad”.




-No le gusta su segundo nombre. Nunca ha sido capaz de entender por qué, sus padres, la bautizaron con él.

-Es diestra.

-Trabaja (medio tiempo) en el café-librería de Violet Castenmiller. La madre de su mejor amigo.

-Sí, tiene un mejor amigo: Callum Marcel Castenmiller, lo conoció en la escuela a la que asiste y resulta que él es, increíblemente capaz de “mover su mundo” (sí, le encanta definir su amistad de esa forma), pero sin asuntos románticos por favor. Sólo cree que las cosas serían tremendamente aburridas sin él. Es una de las personas que pueden hacerla reír y enojarla en cuestión de segundos. Ella lo adora y con eso es más que suficiente. No cree necesario explicar su relación.

-Suele ir a cada “concierto” de la banda de su amigo. Incluso, le gusta hacer panfletos con información del grupo, y entregarlos en cada presentación.

-También los graba muy seguido con una pequeña cámara digital, que es en parte obsequio de sus padres, en parte producto de su trabajo.

-Aunque no le gusta derrochar el dinero; ahorra todo lo que pueda, para pagar la Universidad, porque está empeñada en asistir a Yale.

-No es nada raro verla en Central Park, en su bicicleta. Es una de las actividades que más le gusta en el mundo y el parque es su lugar favorito en toda la ciudad.

-Le gustaría estudiar en el Constance, pero no porque le guste el colegio, sino porque cree que tendrá más oportunidades de ser admitida en Yale si va allí.

-En la familia, su confidente es su padre. Tiene una relación bastante especial con él, parecen más amigos que padre e hija.

-No es de sentimentalismos, pero si hay una cosa que pueda hacerla llorar, es Anthony. Por eso no le gusta tocar el tema.

-Quiere tener un gato, pero es obvio que su madre no se lo permite.

-Hay algo que desea, tal vez con la misma intensidad que estudiar en Yale: vivir sola. Y no porque no ame a su familia, sino porque le gusta el estilo de vida “independiente”.

-Odia madrugar.

-Tiene una caja más o menos grande; en ella guarda cosas importantes: cartas, fotos, discos y, por sobre todas las cosas, hojas y hojas llenas de preguntas, que piensa hacerle a sus personajes favoritos. Sí, entrevistas. Ha preparado montones, pero nunca las ha mostrado a alguien.

-Adora el café y éste se ha convertido en su aliado durante muchas noches de estudio. Es algo que comparte con su padre, así que es común que Aaron la invite a cualquier cafetería, muy seguido. Ésas son sus tardes favoritas, porque hablan de casi cualquier cosa.

-Algunas veces soñó con ser la hermana menor.

-Anthony y Clarisse son la luz de sus ojos.

-Es alérgica a las fresas.

-Su helado favorito es el de mantecado, con lluvia y sirope de chocolate.

-Quisiera visitar algún otro país, pero nunca se ha quejado de vivir en Nueva York.

-No sabe que sus padres, en un principio, no la quisieron.

-De pronto se siente culpable por no permitir que su madre terminara con la carrera de Medicina.

-Nunca va a entender por qué Aaron es contador.

-Sí, ella detesta las matemáticas.

-Aunque le va bien con ellas. En general, le va bien con todas las materias, pero no porque sea superdotada ni nada parecido. Simplemente se esmera en sus estudios.

-No cree en Dios, porque no le perdona que Anthony no sea como el resto de los niños.

-Sin embargo, algunas veces lo envidia (a Anthony), por poder abstraerse en su propio mundo. Sin ser juzgado.

-Por eso también ama a Gregory House. Porque admitió, en un capítulo, sentir envidia por un niño autista prácticamente por las mismas razones que ella.

-Oh sí, es amante de las series de televisión. Y su intro favorita es la de “Friends”, de hecho “I’ll be there for you” (The Rembrandts) es el tono de llamadas de su celular.

-Es una de sus canciones favoritas. Y suele cantarla frente al espejo, batiendo el pelo y todo el asunto.
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Savannah Andrews
Brooklyn Girls

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